Ansiedad: cuando el cuerpo no logra bajar la guardia
Hay momentos en que la ansiedad deja de ser una señal útil y se vuelve una presencia constante. Lo notás en el cuerpo tenso, en la mente que no para, en los pensamientos repetitivos, en la dificultad para dormir o en la sensación de que nunca llegás a estar realmente en paz. Quizás te das cuenta de que incluso en situaciones cotidianas te cuesta relajarte, disfrutar o simplemente estar presente.
La ansiedad no siempre se manifiesta como un ataque. A veces aparece como una inquietud de fondo, una necesidad de controlarlo todo, una dificultad para decir que no, o una autoexigencia que nunca se apaga. El cuerpo y la mente quedan en estado de alerta incluso cuando ya no hay peligro real.
En mi trabajo como terapeuta, muchas personas llegan después de haber convivido mucho tiempo con estos síntomas. Algunos se sienten agotados, otros frustrados por no entender por qué no logran “controlarse”. Pero la ansiedad no se resuelve con fuerza de voluntad. Se trata de un patrón de funcionamiento profundamente arraigado, que muchas veces tiene raíces en experiencias pasadas que dejaron huellas en el sistema nervioso.
Cómo trabajamos la ansiedad en terapia
Desde un enfoque cognitivo-conductual (TCC), ayudamos a identificar pensamientos automáticos, creencias exigentes o catastrofistas, y patrones de comportamiento que mantienen activa la ansiedad (como evitar ciertas situaciones o sobrecargarse de tareas).
Complementamos esto con técnicas de desensibilización y reprocesamiento (EMDR), que permiten abordar experiencias pasadas no digeridas que dejaron al cuerpo en estado de alerta. Cuando el sistema nervioso entiende que el peligro ya pasó, empieza a aparecer la calma.
También incorporo recursos de la terapia dialéctico-conductual (DBT), especialmente herramientas para regular emociones intensas, tolerar el malestar sin actuar impulsivamente, y desarrollar una relación más compasiva con uno mismo.
Consejo para bajar la Ansiedad
Un ejercicio simple que podés probar hoy mismo: llevá tu atención a tus pies. Sentí el contacto con el piso. Luego, respirá profundo y lento por la nariz, exhalando por la boca como si soplaras una vela lentamente. Hacelo tres veces, prestando atención solo a eso. Este tipo de pausa corta ayuda a cortar con la activación automática y a recordarle al cuerpo que puede volver al presente.